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martes, 1 de agosto de 2017

Personalidad. Se puede educar?

¿Se puede educar la personalidad? 
 











El origen del término personalidad proviene del griego "prosopon" cuyo significado es máscara. En latín, “personare” equivale a “resonar a través de...” (per sonare) que también alude a la forma en que cada uno se manifiesta ante los demás.
Carl Jung, neopsicoanalista suizo, empleaba el término de máscara para representar la imagen que mostramos públicamente ante los demás. Las exigencias sociales hacen que desde que somos muy niños comprendamos que debemos ocultar partes de nosotros para ser aceptados. Si hemos aprendido, por ejemplo, a través de nuestros padres que es malo enfadarse, lo más probable es que este aprendizaje nos lleve a esconder nuestras verdaderas emociones cuando nos enfadamos y mostremos, en cambio, complacencia o alegría (la máscara). Todo aquello que ocultamos de nosotros acaba formando parte de lo que Jung llamaba la Sombra.
Jung fue de los primeros autores en proponer "tipos psicológicos" que llevó a la creación de una de las herramientas más populares para la evaluación de la personalidad: el test MBTI.
Para este autor el proceso de desarrollo de una persona consistía en individualizarse y tomar conciencia de las dualidades del ser.
"Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciendo consciente la oscuridad. Lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino."
La evolución de la Psicología como ciencia, ha ido dejando atrás teorías como las psicoanalíticas, para ir dando paso a otras que miden los constructos que componen la personalidad para responder a la pregunta fundamental: ¿Quién soy yo?
Independientemente del enfoque de cada teoría, la personalidad responde a:
  • Las pautas de pensamiento, emoción y conducta, distintas y características de un individuo.
  • La identidad de la persona.
  • La influencia de la genética y del ambiente. 
  • Lo que los demás dicen de nosotros.  
  • Un estado de evolución constante abierto a su constante desarrollo en el que el carácter puede ir cambiando pero no el temperamento permanece durante toda la vida.
La personalidad es el tema por excelencia de la psicología en la el que se investiga al individuo, sin embargo ¿es posible hablar de uno mismo sin tener en cuenta a los otros? ¿No somos, en cierta parte, producto de lo que los demás dicen ver en nosotros? La relación que mantenemos con las personas parte de lo que creemos que somos y de lo que pensamos que los otros son. Si consideramos que alguien es "inteligente", "sociable", "ágil", por ejemplo, y concuerda con lo que nos gusta de los demás y las expectativas sociales que tenemos, miraremos a esa persona de una manera totalmente distinta que si nos disgustara por ser "menos inteligente", "introvertida" o "lenta".
En el primer caso, lo más seguro es que nos aproximemos a esa persona, la tratemos con amabilidad, protejamos la relación, etc. En el segundo caso, lo más probable es que mantengamos la distancia, nos mostremos ariscos o impacientes y seamos cómplices de la crítica junto con aquellos que sienten emociones parecidas a las nuestras hacia esa persona.
En el ámbito educativo, la percepción que tienen los docentes de sus alumnos puede marcar los resultados académicos que obtengan estos.
Robert Rosenthal y Lenore Jacobson realizaron un experimento en una escuela en los años sesenta cuyo efecto llamaron el "efecto Pigmalión". El experimento consistió en proporcionar información falsa a los docentes sobre los resultados de sus alumnos en un test de inteligencia y evaluar posteriormente el efecto de sus creencias y expectativas. 
La información falsa que se les dio a los profesores era que había una serie de alumnos con una gran inteligencia que se encontraban en un período de crecimiento intelectual, por encima de otros con menor inteligencia.  
El 47 % de los alumnos de los que los profesores esperaban un mayor crecimiento al resto ganaron veinte o más puntos en los resultados del test de inteligencia que volvieron a aplicar al cabo de 6 meses. Estos resultados llevaron a los investigadores a concluir que las expectativas que los profesores tenían sobre determinados estudiantes, y el correspondiente comportamiento que tuvieron con ellos para acompañar estas expectativas, fueron la causa de que los estudiantes experimentaran un crecimiento intelectual acelerado.
En aquellos alumnos en los que no hubo expectativas positivas por parte de los profesores o bien bajaron sus puntuaciones en el test de inteligencia o permanecieron como estaban al principio de año. Esta cuestión, junto con la que hemos comentado al principio del post, nos lleva a cuestionar hasta qué punto las etiquetas que ponemos a los niños (que son los rasgos que identificamos de su personalidad) ayuda a que estos puedan explorar y desarrollar su identidad y potencial plenamente.
Proponemos las siguientes 5 opciones para evitar la visión determinista de la personalidad:
  1. Conocer quiénes son realmente nuestros alumnos, hijos. Cualquier padre diría que sabe perfectamente cómo es su hijo pero ¿hasta qué punto esto es así o proyecta expectativas, frustraciones, experiencias pasadas, miedos, etc.? Los profesores también pueden creer conocer a sus alumnos, pero ¿es un conocimiento real, profundo? Es necesario observar, dedicar tiempo y sobretodo conocerse a uno mismo para no poner en los demás cuestiones propias.
  2. Educar en lo que es y lo que podría llegar a ser. Los profesores son los encargados de acompañar a los niños en su proceso de desarrollo "profesional". La educación emocional puede ser una buena guía para educar respetando la personalidad de los niños sin contaminar con nuestra idea de éxito o o de lo que hay que hacer para llegar a ser algo en la vida.
  3. Eliminar de nuestro vocabulario las etiquetas personales. Si la personalidad es algo dinámico que cambia con el tiempo, el lenguaje que empleemos debe ser coherente. Si decimos a un niño, por ejemplo, repetidas veces que es "muy nervioso" el mismo principio de profecía auto cumplida que comentamos antes, funcionará para que el niño muestre con su comportamiento nuestras creencias.
  4. Establecer relaciones que fortalezcan la autoestima. Las personas somos en parte lo que los demás ven en nosotros. Si creamos un buen clima educativo, estaremos favoreciendo que las relaciones personales ayuden a construirnos como personas.
  5. Respetar las diferencias. Los niños necesitan ser aceptados por el grupo. Si son rechazados, sufrirán las consecuencias distorsionando su personalidad para agradar a los demás o serán repudiados. La educación debe favorecer la comprensión de la diversidad. 
¿Tú qué opinas?

Fuente: Noelia Estévez, psicóloga especialista en desarrollo

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